miércoles, 15 de noviembre de 2017

¿Para cuándo... ser feliz?

Estoy harta de las presiones sociales. Ale ya lo he dicho. No aguanto más el "¿para cuándo?" Si no es el novio, es la boda, sino el primer niño o sino el segundo. Hay que cumplir con los cánones sociales y sino tienes dos salidas; o salir por la tangente en cada situación o contestar con una medio sonrisa diciendo interiormente ¿otra vez?.

La gente no es consciente -o eso espero- de lo que puede quemar el "¿para cuándo?" cuando mínimo se oye dos veces a la semana. Y no hablo de un para cuándo en concreto sino de todos y cada uno de los que te pueden decir en toda tu vida. Y mucho más cuando eres mujer, porque nacimos para cumplir con estos prototipos; para convertirnos en novias, esposas, madres y abuelas. Y sino no somos tenemos novio será porque somos raras, sino somos madres no estaremos completas (que se lo digan sino a Gallardon) o si no nos casamos tendremos el mejor día de nuestra vida.

Si por cada vez que me han preguntado un "¿para cuándo?" en cualquiera de las versiones, me hubieran dado un euro, ahora sería rica. Pero si me lo hubieran dado por cada ¿Estás bien? ¿Eres feliz? Seguramente ahí me daba para mucho menos. Y es que a nadie le importa tu felicidades sino más bien tu capacidad de aparentar que lo eres.

Nadie sabe lo que pasa en cada casa pero todo el mundo quiere ver que cumples con los estereotipos marcados: pareja heterosexual por supuesto, boda que si es por la iglesia mejor y los niños en poco tiempo. Nadie te pregunta si eso es lo que quieres, si puedes permitírtelo o si eres feliz con ese modelo de vida obligado por esa presión social o la peor de todas: si aunque sea lo que quieres, puedes. Pocos se lo plantean.

Propongo cambiar ese "¿para cuándo?" que a nadie nos tiene que importar por un "¿para cuándo... ser feliz?": una pregunta igual de comprometedora pero que desgraciadamente nadie te hace porque se sobreentiende que lo eres y ¿de verdad es así?.

viernes, 27 de octubre de 2017

Soy egoísta luego existo

Hoy me toca un post reflexivo que espero que haga reflexionar a los que lo leerán.

La humanidad cada vez me tiene más horrorizada. Siempre he pensado que el hombre es bueno por naturaleza (Rousseau me caló) y que es la sociedad quien lo corrempe pero ha llegado a un punto de putrefacción que dudo ya si realmente somos malos o nos hacen serlo. 

Que la sociedad occidental, porque es la que conozco mejor, incita al egoísmo es algo consabido. No hay que ser muy inteligente para verlo. El egoísmo de mirar por nuestros deseos, de conocer solo nuestras realidades y de movernos solo del sofá por nuestras creencias (y si lo hacemos) son paradigmas del día a día. Una cotidianidad instaurada y rodeada de estímulos que nos invitan solo a ser más egoístas con un consumo rápido sin pensar ni reflexionar.

El egoísmo ha llegado a tal punto que muchas situaciones que deberían ser extraordinarias pasan a ser normalizadas: un niño en el metro al que no se le cede un sitio (de las embarazadas ni hablamos), un vagabundo que pide y al que nadie le mira, noticias diarias con cientos de muertos o aquellas publicidades que muestran la hambruna en países en desarrollo que se ignoran una y otra vez. Son pequeños gestos que nos hacen cada día más insensibles, seguramente porque es a lo que nos acostumbrado.

Las redes sociales nos han hecho ver un poco más allá de nuestro ombligo. Pero solo un poco. Buscamos aquellos que comulgan con nuestras ideas para gritar más alto las nuestras. Intentamos ser aquellos que creemos tener la razón para volver a imponer nuestra voluntad y ser de nuevo aquellos egoístas que jamás escucharán a otros. Podemos ser los más activos en Facebook, Twitter o cualquier otra comunidad social pero ay cuándo nos pide que salgamos a la calle a trabajar por ese mundo que pedimos, ahí se nos acaban las fuerzas y volvemos a ese sofá desde donde mandamos el tweet demostrando al mundo que estamos con la causa. Un gran consuelo.

Sin embargo, poco trabajamos el egoísmo que realmente vale la pena. Ese de mirar por nuestro interior por aquellas pequeñas cosas que nos hace felices. Ese que nos hace buscar nuestra paz interior encontrando aquella tranquilidad que realmente nos impulsa a hacer el bien común en el que finalmente estará la felicidad. Ese que nos hace mostrarnos tal como somos le pese a quien le pese. Ese que finalmente nos enriquece como personas en un mundo donde ser egoísta es existir.

martes, 19 de septiembre de 2017

Un sueño llamado Freak Wars'17

Ahora que ha llegado la relativa calma después de la tempestad y todavía con las agujetas en el cuerpo, me toca hacer balance. Poner en perspectiva todo lo que ha significado estar en la organización de las Freak Wars'17 y lo más importante, todo lo que he aprendido de ello.

Lo primero que debo decir es que me siento muy orgullosa del trabajo realizado y del resultado. Más de 45 stands comerciales, 18 torneos, algunos incluso nacionales, 18 charlas con ponentes de altura, concurso de cosplay con 10 participantes, unos 800 bocatas vendidos, zona infantil con aforo completo, exhibición de softcombat y más de 3.000 personas (contadas una a una) que vinieron a descubrir, jugar o disfrutar del mundo wargame. Un terreno desconocido pero con enormes posibilidades (creo que nunca pensé que diría esto).

 

Todo conseguido con trabajo y más trabajo. Un año de trabajo que se dice pronto; 365 días en los que Nico, Ross, María, Nat y un servidora no dejábamos de hablar de FW y cómo podíamos mejorar el evento. 365 días en los que quemaba literalmente el grupo del WhatsApp con idas de olla, grandes ideas y muchos nervios. 365 en los que siempre había un espacio para pensar en cómo sería esta nueva edición. 365 días de nervios por saber si realmente estaríamos a la altura o si conseguiríamos que la gente viniera.



He de decir que no todo ha sido sencillo. Trabajar con un Ayuntamiento no es sencillo (aunque, pese a todas las trabas, han hecho posible el evento). Pero tampoco es fácil lidiar con un Nico que nos echa broncas por gastar pero que por contra se vuelve loco con PixarPrinting, las millones de correcciones de Ross, los audios interminables de Nat (o debería decir prima Natalia??) o los mensajes poniéndonos en nuestro sitio de María. Tampoco, porque no reconocerlo, ha sido fácil tratar con mi desconocimiento del mundo wargame y mi despistez absoluta que hace que me tengan que decir las cosas varias veces. Todo ello aderezado con la falta de tiempo y la dedicación totalmente altruista que hace que haya veces que pierdas las fuerzas.

Sin embargo, los ingredientes vitales para que FW'17 haya salido como ha salido han sido otros; el perfeccionismo de Ross, el poder social del tándem María y Nat, la gestión económica de Nico y mi granito de arena en comunicación. Tampoco me quiero olvidar de la inestimable ayuda de Loo con los planos, de Chan con torneos y niños, y de familiares, amigos y vecinos ripenses que no dudaron un segundo en venir a arrimar el hombro cuando se lo pedimos.
 


Pero lo realmente imprescindible en FW han sido las ganas. El ansia de que todo el mundo disfrutara nos ha llevado a discutir, correr, pasar horas delante de un ordenador y maldecir  muchas veces el evento. Sin embargo, han sido esas mismas ganas las que nos han hecho intentar superarnos día a día, buscar nuevas ideas y exprimirnos al máximo.

Y es que el caldo de cultivo "cocinado" por Ross y Nico hace más de cuatro años ha dado un resultado del que estoy totalmente orgullosa. Su empeño en construir una cita de referencia para una de sus aficiones, me han llevado a soñar (literalmente también) con un evento a la altura. Su energía y empuje me arrastraron a sumarme al carro para conseguirlo. Y todo junto ha concebido algo que considero muy grande. Seguramente esa es la mayor lección que me llevo de este duro año de trabajo.

Por supuesto, nos queda mucho por mejorar, aprender y valorar. Y justo eso es lo que da fuerzas para avanzar. Porque pese a las trabas administrativas, la falta de sueño, los moratones por cargar caballetes, tableros y sillas, y los nervios y discusiones, el balance ha sido positivo y enriquecedor. Nos vemos en FW'18.

sábado, 8 de julio de 2017

De vías y hermanos

Las conexiones a veces son curiosas. Hoy me levanto con dos noticias tan relacionadas que es difícil que no se te remueva algo. Una que me da cierta alegría (demasiado relativa, pero alegría al fin y al cabo) y otra que me trae más dolor y recuerdos. Pero ambas con un nexo común: los hermanos.

La pérdida de un ser querido es una de las cosas más dolorosas que te pueden pasar. Y mucho más cuando ese es un hermano que ha aprendido a jugar, soñar, vivir y reír de tu mano. Cuando no ha hecho más que enfadarte, cuidarte y apoyarte. Y cuando le queda toda una vida por delante que disfrutar. Por eso entiendo tan bien cómo se sienten esos amigos cuando son incapaces de decir con palabras lo que sienten. Eso se lo llevarán dentro siempre y poco más que estar ahí con nuestro cariño y apoyo podemos hacer.

Pero alrededor de esos recuerdos que dejan los hermanos, siempre hay grandes momentos que recordar -eso es lo más importante- y algunos pequeñas acciones que ayudan a soterrar ese dolor, aunque nunca se acabe del todo con él. Y justo ese día en el que otra hermana se va por la maldita lacra del siglo XXI, llega esta noticia:


Desde hace 26 años veníamos pidiendo que esta noticia se hiciera realidad. Recogidas de firmas, protestas, incluso conversaciones personales con los diferentes alcaldes que han pasado por Basauri, y salvo buenas palabras, nunca nos habían dado nada más. Y cuando el dolor de ver cada día esas vías ya estaba asentado, llega la gran noticia: el desmantelamiento. El fin de una etapa. Sé que poco tiene que ver con nuestro suceso -sería ingenua si pensara lo contrario- pero me alegro que finalmente ADIF haya decidido que una playa de vías en medio de un pueblo es un sinsentido. Un cuestión ilógica que para nuestra familia es mucho más. Es el fin de una etapa.

Aunque este noticia no pueda ocultar el matiz triste de este post, no quiero acabar con un sabor de boca tan amargo. Que un hermano, padre, madre o cualquier ser querido se vaya solo reafirma una cosa que cada día tengo más clara y que practicarla debe ser nuestro cometido diario: más San Queremos y menos San Ostias.

viernes, 7 de julio de 2017

El típico chiste

Esta mañana me ha llegado este chiste vía WhatsApp. Una broma que no me la ha mandado un hombre de 50 años anclado en otros tiempos sino una mujer de 30 años, independiente, madre y trabajadora. Un ejemplo para muchos y para mi misma. Y es ahí donde he reaccionado.

Vaya por delante que soy una amante de los chistes y de reírme de hasta la más mínima estupidez. Cualquiera que me conozca sabe que me gusta una gracieta mala tanto o más que una buena lasaña. Pero creo que hay límites que ni en los chistes se deben pasar y me explico.

Al comentar la connotación machista del chiste en cuestión, que para mi es clara, la respuesta ha sido "bueno, es el típico chiste". Efectivamente, no le quito razón; es el típico chiste. La tradicional burla con un trasfondo social. No es una locura que diga yo. Freud señaló que el chiste es una de las formas que pueden emerger del consciente de una manera desfigurada en hechos que trascienden nuestra vida diaria.

Y quizás es ahí donde veo el problema de estos chistes. Unas tonterías -¿o no tanto?- que en lo más hondo tienen un poco de verdad. Tanta verdad como el asesinato de mujeres o violaciones. Sin embargo, estamos tan habituados a escucharlos y reírnos con ellos que está mal que digamos que no tienen gracia o denunciemos que hay fronteras que no se deben pasar.

Es cierto que muchos lo han hecho y lo hacen a diario. No hay más que ver al edil de Podemos Zapata cuando sobrepasó fronteras con Irene Villa y los judíos. Comentarios que le pasaron factura política y judicial.

En ese punto es donde me pregunto ¿dónde acaba la libertad de expresión y empiezan los derechos de los demás? ¿debería ser denunciable un chiste como el superior? ¿realmente es tan grave? Quizás no o sí. Tengo respuestas encontradas ¿Qué opináis?

martes, 4 de julio de 2017

Una y mil raíces


Es gracioso ver cómo la gente se sorprende cuando le cuentas la mezcolanza de mi familia. Una estirpe que me hizo nacer en Bilbao -vale, Barakaldo para ser más exacto- pero que tiene las raíces mucho más profundas.

Podríamos decir que esto se resume en un palentino y una tinerfeña que se conocieron pero va mucho más allá. Porque esta chicharrera contaba con un padre gallego al que le gustaba mucho viajar. Y algo de esa afición debía llevar en la sangre que llegó hasta la nieta que acabó en Rivas Vaciamadrid (Madrid) o Mordor para los amigos. Quizás no fue tanto el afán por viajar como la necesidad pero esa ya ese es otro cantar mucho menos romántico.

La historia de mi familia seguramente no es diferente a la de muchos otros inmigrantes que la vida les hizo dejar El Escobonal, Vilagarcía de Arousa o Baltanás natal para buscar oportunidades. Una memoria llena de mezcolanzas de la que me enorgullece haber puesto mi pequeño granito de arena.

Y justo esa mezcla es la corre por mis venas con pequeñas dosis de cada lugar. El Carnaval tinerfeño y esas ganas de fiesta, la bastedad vasca, la pasión por el buen comer palentino y la necesidad de aire fresco como el gallego. Diferentes sensaciones, olores, sabores y colores que son esenciales para entender de quién soy y por qué mis genes son tan enrevesados.

El a dónde voy todavía está por definir. De momento, me quedó con el bullicio y carácter madrileño que tanto me ha enseñado en 10 años (¿10 años? ¡Madre mía!). El resto de aportaciones dejaré que sea el tiempo quien me las traiga y siga nutriendo mi una y mil raíces.

sábado, 24 de junio de 2017

La magia de las hogueras


Hoy es la noche de San Juan. Un santo que sinceramente me causa indiferencia -con todos mis respetos, eso sí- pero si es una festividad en la que me entra cierta morriña y nostalgia por lo que suponía todos los años en mi infancia y adolescencia.

Para mi San Juan siempre ha sido sinónimo de chocolate, de fiestas del barrio, de danzas vascas, de akelarre y de una hoguera en la que se echa todo lo malo del curso. Un momento especial, de esos que nunca olvidas y siempre consideras mejores que los del presente.

Y es que el fuego es un elemento que siempre me ha parecido muy especial. Pese a su capacidad abrasiva y destructora, siempre me ha dado paz mirarlo. No solo en aquellas noches de verano -y muchas de txirimiri- donde todos los vecinos esperábamos que se cumpliera el ritual sino también en acampadas o barbacoas en las que era la única forma de entrar en calor.


El fuego me calma, me hace sentir bien, me demuestra que todo lo malo se puede acabar. El fuego convierte todo lo que encuentra a su paso en algo tan insignificante que desaparece, pasa al olvido y se convierte en una materia que nunca más volverá a tener vida o volverá a tenerla de una forma diferente adaptándose a lo vivido y siendo aún más "amiga" del fuego.

Por eso, las hogueras, al igual que me pasa con el agua en movimiento, me embelesan. Son capaces de trasladarme a esos recuerdos de la infancia que me ayudan a seguir adelante sabiendo que todo puede desaparecer y seguramente lo hará para volver de una forma diferente.

domingo, 7 de mayo de 2017

Apoyo ¿Qué apoyo?

Se acercaba el día. Ella estaba nerviosa. Con un nudo en el estomago porque sabía que no todo estaba en su mano. El esfuerzo, los contactos, las horas de preparación no eran suficientes para que todo saliera bien y eso era lo que más le aterrorizaba. Lejos de ser una cita especial, era una fecha donde lo más necesario era el apoyo.

Por el camino se había encontrado gente de todo tipo: aquellos que le apoyaban incondicionalmente y cumplían, aquellos que decían de apoyarle pero nunca materializaban esa promesa y los que directamente preferían no responder a los mensajes porque no iba con ellos. Apoyo ¿Qué apoyo?

Y llegó el gran día. Un día en el que hacía falta más que nunca ese granito de arena que construye montañas y hace que valga la pena seguir adelante. Una cita donde todo esta justifica si se viene a apoyar. Una cita donde las reacciones fueron tan dispares que ella no sabía si reír o llorar ante sentimientos tan encontrados.

Fue ahí cuando ella se dio cuenta de lo que realmente importaba, porque valía la pena ese esfuerzo y porque necesita ese apoyo que algunos insistían en cuestionarse. Apoyo ¿Qué apoyo?.

domingo, 26 de marzo de 2017

El café curapenas


Los cafés -o tés que a mi gustan más- son terapias que bien podrían computar como terapias psicológicas. Momentos en los se renuevan fuerzas, amistades o simplemente se desahogan ideas locas, equivocadas, inocentes o dañadas.

Será el calor o el agradable olor, el contacto físico, que en plena era del WhatsApp tanto se está perdiendo, o simplemente el poder mirarse a los ojos pero está claro que el café curapenas debería ser una actividad obligatoria más dentro de este proceso al que llamamos vivir.

A veces no hace falta más que eso para volver a retomar momentos perdidos con personas que hace tiempo que no ves. Un café que calienta por dentro y por fuera y ayuda a serenar ideas y volver a ser quiénes hace tiempo fuimos. A mirarse a los ojos y formular aquellas cuestiones que hace mucho que no se decían, a volver a saber que nada estaba muerto sino simplemente dormido o a reírse de tiempos mejores.

Pero no siempre son la fórmula adecuada. Hay veces que es necesario evitar esos cafés porque solo nos traen sentimientos, situaciones o recuerdos que deben permanecer en el cajón de sastre que es nuestra memoria. Intentar que sea lo mismo no siempre funciona ni debe hacerlo porque la vida son etapas que no siempre se tienen que repetir.

Aún así, solo probando sabremos si es el camino correcto o no. Probar es errar o acertar pero siempre es la única forma de saber si el café curapenas será efectivo; si harán falta más o simplemente es el punto y final. Porque la vida es poco más que esos ratitos en los que serenarse, relajarse y disfrutar de aquellos que decidieron estar ahí, que estuvieron y volvieron o simplemente estarán en momentos puntuales.

viernes, 24 de febrero de 2017

No es victimismo, es feminismo

No suelo meterme con comentarios de desconocidos pero a veces no lo puedo evitar y mucho menos hablar del tema en una semana en la que ha sido asesinadas cuatro mujeres. Haciéndolo he descubierto dos cosas: que el feminismo tiene mucho que hacer y que la mentalidad de la gente dista mucho de la sociedad igualitaria que anhelo.

La primera idea que me gustaría volver a recalcar es la que me atañe directamente. Esa concepción de que el feminismo va en contra de todo y no quiere ver hombres o que va contra ellos. Para nada. El feminismo quiere la IGUALDAD entre hombres y mujeres y por supuesto, lo que no quiere ver ni en pintura es a maltratadores, asesinos, violadores y un largo etcétera de personas (porque también pueden ser mujeres) que creen estar por encima del resto en cuanto a derechos y obligaciones se refiere.

Pero por supuesto que quiere a los hombres. Queremos que luchen a nuestro lado, que nos ayuden a hacer entender que un "ve por la sombra que el sol derrite los bombones" es un micromachismo en toda regla, que sean corresponsables en el hogar y educación de los hijos y por supuesto, que denuncien cualquier acto que vean. Esos hombres son nuestra mayor fortaleza para conseguir la igualdad.

Y voy con la otra -la segunda- idea que me duele mucho más como mujer y feminista. Aquella que nos tacha de victimistas. Aquella que considera que por reclamar derechos, por denunciar hechos micromachistas (porque existen y muchos), por recalcar los errores de una sociedad desigual o por intentar (porque no siempre se consigue) que nos traten igual, nos convierte directamente en victimas.

Una idea demasiado antigua con un discurso que siempre tiene el mismo argumento: "nosotros también hemos sido sometidos". Y no lo pongo en duda pero, lo siento, es incomparable el hecho de encontrar a mala gente por la vida con el de convivir diariamente con una sociedad que te acusa de haber nacido con más tetas y que te dice cómo debes vestir, comportarte, hablar y mucho más. Eso si siempre teniendo en cuenta que cobrarás menos, tendrás miedo al volver a casa por la noche sola y vivirás siempre pendiente de encontrar a ese príncipe azul de las películas.

Lo siento no puedo estar callada ante esa gente -hombre y mujeres, me es indiferente- que todavía consideran que el feminismo es simplemente un grupo de exaltadas. El feminismo es algo mucho más profundo, una movimiento social que parte de una conciencia clara: la igualdad. Y por supuesto que hay gente radical pero no lo fueron en su tiempo Clara Campoamor, Simone de Beauvoir o la más reciente Madonna con su gran discurso que aquí comparto. Seguramente sí pero todo cambio comienza con algo revolucionario.


sábado, 28 de enero de 2017

Lo intangible del país de la nube blanca


Hace tiempo que tenías ganas de escribir esto y ha llegado el momento. El instante en el que la morriña neozelandesa llega no tanto por sus espectaculares parajes o su tranquilidad absoluta sino más bien por todo lo intangible que me traje en ese viaje.

El literalmente culo del mundo respecto a España me enseñó que la tranquilidad es un bien preciado del que nos olvidamos a diario. Vivir sin estrés, en contacto con la naturaleza y sin el constante qué dirán que tenemos en nuestra mente es posible ¡Y de qué manera! Tan factible como la posibilidad de ir a un supermercado descalzo porque se le antoja cómodo o ir a darte un baño al lado del mar a la luz de la luna siendo el más andrajoso del país.

Es complicado explicar y quizás también entender, todo lo que experimente. Sentimientos, ideas y sensaciones que te llevas de una mentalidad totalmente diferente donde lo primordial es contar con un espíritu limpio y realizado, no con el último iPhone o coche. Una filosofía de vida donde todo lo humano y natural tiene cabida.

Pese a tener McDonalds y vivir con WhatsApp -ser el culo del mundo no es sinónimo de vivir ajenos al mundo-, su objetivo en la vida es compartir. Lo mismo cuenta un trozo de pastel de carne con un amigo al que abordaste de forma inesperada en su casa, un helado antes de ir a dormir o unas horas muertas bajo la lluvia. Compartir y disfrutar el momento simplemente para vivir.

Otra de las cosas que aprendí por allí es lo fácil y sano que es desconectar. Dejar a un lado el móvil y salvo excepciones, olvidarme del mundo, de todo aquello prescindible para pasar a ver el mundo con otros ojos. Ver cada pequeño detalle, quedarme con cada momento y volver a encontrarme conmigo misma sin necesidad de contarlo a los cuatro vientos. Una experiencia realmente gratificante que intentó seguir poniendo en práctica pero reconozco que me cuesta.

Al volver tuve un pequeño ataque de repudio. Sí, puede sonar fuerte pero después de ver que la vida puede ser mucho más que luces, consumismo y trabajo me dio una cierta aprensión volver a la normalidad. Tener que pasarme dos horas en el metro diarias, trabajar durante 8 y correr, correr y correr. Volver a un ritmo acelerado donde poco importa una puesta de sol o un rato de paz.

Aunque ya he vuelto a coger el ritmo, muchos días pienso en aquella Nueva Zelanda que me enseñó a de vez en cuando sentarme y volver a disfrutar de horas muertas, de los momentos lejos de la tecnología, de respirar profundamente y encontrar aquella paz interior que todo necesitamos. Muchas veces lo pienso y me relajo, vuelvo a respirar profundo, apagar el móvil y disfrutar. Gracias Maorís, gracias Aotearoa.

sábado, 14 de enero de 2017

"Un día estás bien y otro..."

La frase del titular no es una más. Es la que me dijo María, la pareja de Ángel ayer por la tarde. ¿Y quiénes son esos dos?, dirá cualquiera que por suerte haya comenzado a leer este escrito. Pues enseguida te lo cuento y agárrate porque vienen curvas.

Hasta ayer María y Ángel para mi era dos desconocidos de una web a la que entré por casualidad. Las redes sociales tienen estas cosas, que te ayudan a encontrar casos realmente conmovedores en los que no sabes por qué pero ves que necesitas poner tu granito de arena. Y esto es lo que me pasó con esta pareja a la que no conocía de nada.

Como decía, ayer mismo les conocí y además de encantadores, en 20 minutos consiguieron demostrarme que echarle huevos a la vida es una actitud y que efectivamente "un día estás bien y otro...". Otro estás como Ángel, un chico de 38 años, madrileño, normal y corriente. Como tú y como yo que un día entró en urgencias por lo que creía que era una neumonía y salió 11 meses después necesitando prótesis en manos y pies.

La historia completa prefiero que la cuenten ellos en primera persona. Lo hacen tan bien en la web "Pero a tu lado" que sobran mis palabras -o letras- y, sobre todo, lo hacen de una forma en la que el drama y la pena no cabe. Una carácter digno de loar.

Y precisamente esa actitud es lo que más me gustó de este caso. Una pareja que lo ha tenido que pasar muy mal -por mucha empatía que le ponga no alcanzaré a entenderlo- pero que te cuentan su caso con una sonrisa en la boca, mirándose con tanto amor y cariño que demuestra que el humano es mucho más valiente de lo que podemos pensar.

Por esa gran lección que me dieron ayer Ángel y María he decidido poner un grano más. Intentar que desde este humilde espacio cualquiera que sienta la necesidad de ayudar -lo pueden hacer comprando unas camisetas muy chulas o con una donación-, lo pueda hacer a través de mi. Porque efectivamente hasta ayer no conocía este caso en primera persona pero ahora sí y además de real, es impresionante las ganas de vivir y ánimo de este chico.

Lo dicho, además de plantearos ese apoyo, no puedo más que invitaros a disfrutar de la vida y dejar las pequeñas tonterías cotidianas a un lado porque "un días estás bien y otro...".

Más información | Pero a tu lado